Colectivo 1M Artículos de interés Trabajo, esfuerzo y meritocracia: Historia de una película de ciencia-ficción. ¿Qué queremos ser de mayores? (Parte 2. Final)

Trabajo, esfuerzo y meritocracia: Historia de una película de ciencia-ficción. ¿Qué queremos ser de mayores? (Parte 2. Final)

 

 

“Hay procesos, por ejemplo, quien esté saliendo o en un proceso de tratamiento de cáncer, que quizás desde la voluntariedad y la garantía de su salud y su seguridad, pueda incorporarse a trabajar haciendo una incapacidad temporal que no sea o estar de alta o de baja. O en casos de pluriactividad, personas que en una actividad estén de baja y en otra sí puedan desarrollar determinados trabajos”.”

Elma Saiz, inició su trayectoria profesional en febrero de 1999 como socia-directora de IMEL, Consultoría Jurídico Tributaria, S.L y desde entonces:

  • Parlamentaria foral electa por el PSN-PSOE (2003-2007).
  • Delegada del Gobierno de España en Navarra (2008- 2012).
  • Directora del Instituto Navarro para la Igualdad y Familia del Gobierno de Navarra (2012).
  • Consejera de Economía y Hacienda y Portavoz Gobierno de Navarra (2019-2023).
  • Ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones (2024-actualidad)

 

Continuando con la primera parte del artículo que puedes revisar aquí, nos adentramos en el concepto de empleabilidad como epicentro de la cultura empleocentrista.

Todo desempleado puede ser empleado: análisis e intervención social mediante la empleabilidad

Llegados hasta este punto en el que todo el mundo debería tener claro que ninguna palabra es elegida al azar, lo primero que deberíamos plantearnos es ¿qué es la empleabilidad?

Hablando de una nueva categoría de intervención social debemos remitirnos de manera ineludible a las instituciones europeas para encontrar la orientación de este nuevo elemento, así nos señala la Comisión Europea (1998):

“La empleabilidad de una persona es su habilidad para encontrar un nicho en el mercado de trabajo. Empleabilidad implica más que formación: supone dotar a los sujetos de una adecuada comprensión del cambio, de la necesidad de movilidad y los medios para actualizar sus competencias. Es decir, significa que los individuos tengan confianza en su habilidad para adaptarse al cambio”.

En esta definición otorga de forma evidente la responsabilidad —al mismo tiempo que culpabiliza— de este problema al propio individuo, despejando toda duda sobre la posibilidad de existencia de deficiencias de mercado y vincula la empleabilidad a las competencias individuales.

No se queda únicamente en el concepto de competencias, sino que la misma Comisión Europea, un par de años más tarde, vincula empleabilidad y competencias a elementos que en el período más duro de la crisis para las personas empleadas han resultado drásticamente familiares, flexibilidad y adaptabilidad:

“El trabajo en empresas con éxito no es el mismo que en el viejo orden industrial […] en su lugar, requiere trabajadores flexibles y adaptables con un amplio rango de competencias”

A este respecto, hemos visto la re/de-construcción genealógica del concepto de empleabilidad —casi más fácilmente identificada como inempleabilidad— aportada por Gazier:

  • Inicia con la definición dicotómica entre lo disponible y no disponible para el empleo, de comienzos del siglo XX en EE.UU y Reino Unido, más bien orientado a controlar las posibles emergencias sociales.
  • De un modo de utilización más actual se entiende la definición socio-médica, introducida a mitad de siglo en EE.UU, Reino Unido y Alemania —antes señalada a principio de este artículo— , reconociendo colectivos con algún tipo de discapacidad física o social que les impide el acceso al empleo.
  • En la siguiente década vinculando ésta a la fuerza de trabajo, entendida como medio de lucha contra la pobreza y fuente fundamental de riqueza.
  • A finales de los años 70 es cuando se comienza a asociar la empleabilidad a los rendimientos del mercado de trabajo —como flujo de movimiento de la fuerza de trabajo—, es decir, la medición de la rapidez con la que es posible salir de la situación de desempleo y más concretamente con la que el mercado es capaz de absorberla.
  • Con los estudios de la fuerza de trabajo entendida como recursos humanos en los años 80 y 90, el concepto de empleabilidad comienza a vincularse con la iniciativa individual y como empleabilidad interactiva, origen de las derivas más recientes del concepto. Las capacidades individuales responden a dinámicas puras de mercado, la formación entendida como inversión a largo —o eterno—   plazo, la capitalización de las capacidades que hacen del sujeto más o menos empleable según su disposición de capital individual sobre el capital social —y viceversa—.

Se evidencia el carácter polisémico del concepto de empleabilidad que ha ido evolucionando hacia la responsabilización del desempleo en las carencias morales que pueda tener el individuo para “tomar las riendas” de su propia vida, para su capacidad o voluntad para la autorregulación. No en vano, el paradigma de la activación se caracteriza por una perspectiva de individualidad, el principio de autonomía económica y “la metáfora nuclear del contrato con la hegemonía del principio de contractualización” —se utiliza el contrato como forma de legitimación que articula a la integración social y el compromiso de ésta con la colectividad—.

Al vincular la empleabilidad con carencias morales individuales, la orientación hacia el empleo se centra en técnicas dirigidas a prevenir la dependencia, con sujetos activos que se adapten a las nuevas —y cambiantes— condiciones. Para desarrollar esta labor se ha pasado de utilizar a trabajadores sociales a psicólogos, pues a la tarea orientativa de normalización de la empleabilidad y adaptabilidad se le añade el reforzamiento terapéutico, de modo que se neutralice la dependencia y resulte obligatorio participar en prácticas de autoformación —vinculado al mantenimiento de prestaciones mínimas necesarias para la integración social del sujeto des-empleado—.

 

“Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado.”

Mario Moreno, “Cantinflas” (Actor)

 

Entonces, ¿Qué sociedad queremos ser de mayores? ¿Qué más quieren de nosotros?

La evolución del trabajo —empleo en su concepción social actual— a lo largo de la historia encuentra como sustento principal todo un laborioso proceso de semantización. Este proceso es el que hace posible la interiorización y naturalización de políticas hegemónicas de creación de nuevos sujetos y necesidades, nombrando en términos políticos para externalizar la culpa —al mismo tiempo que nombramos algo, se está culpabilizando—. La propia naturaleza del lenguaje como algo activo, carente de neutralidad, permite producir la realidad y reformularla que, gracias a su carácter polisémico, posibilita otorgar varios significados para un mismo concepto y así reorientar la comprensión hacia el imaginario colectivo que se está buscando crear. No por esto significa que el debate se deba ubicar en la semántica de las palabras utilizadas por el discurso neoliberal imperante que aboga por la “cooperación”, “colectividad”, “flexibilidad”, “emprendimiento”, “compromiso”. Este modo de actuación y creación discursiva de/limita el debate a un campo concreto de discusión, por ello lo que deberíamos debatir son aquellas de/limitaciones impuestas para que palabras propias del sentido común no adquieran un significado radicalmente opuesto al que en un principio el colectivo acepta y entiende por indiscutibles o irrenunciables. Poca gente renunciaría de forma voluntaria al bienestar, al desarrollo personal o a la innovación, y así se encuentra puerta de acceso a la utilización de la semántica como instrumento multiplicador de significados de manera que sea posible encubrir aquellos en posición de disputa o de creación de discursos contrahegemónicos. Buen ejemplo de esto se extrae de las soflamas “laboralizadoras” de Henry Ford cuando decía que: “El principio moral fundamental es el derecho de los hombres al trabajo […] Según mi parecer, no hay nada más abominable que una vida ociosa. Ninguno de nosotros tiene derecho a algo semejante. En la civilización no hay sitio para la gente ociosa”, apelando a términos morales para legitimar el trabajo con el instrumento de interiorización que las personas utilizamos para entender como propio todo cuanto haya a su alrededor, el derecho. Al mismo tiempo remata su frase alejando de todo derecho el opuesto al trabajo, convirtiéndola —la ociosidad — en algo que aleja a las personas de sus derechos y transformando el trabajo como derecho a trabajo como obligación moral, de manera que sea entendido como propio de la naturaleza del ser humano y, por consiguiente, inalienable. Esta afirmación de Ford no resultaba siquiera innovadora por aquel entonces sino que en realidad, sino que se apoyaba en una “modernidad” que había comenzado aproximadamente en el siglo anterior. El origen del trabajo tal y como entendemos en las sociedades modernas no nace con la industrialización, sino con la significación del trabajo como actividad pública —con finalidad económica—, que se puede comprar y vender, se ofrece de forma “voluntaria” y se comienza a realizar abiertamente en el entorno de la vida pública, por lo que es cuando aparecen las primeras evidencias —origen de lo que anteriormente hemos identificado como “empleocentrismo”—  de creación de relaciones sociales alrededor del trabajo.

Si estamos viviendo una crisis del trabajo, no se trata de una crisis puntual o momentánea, sino de la crisis de todo un siglo de producción de “realidades” y sujetos adaptados a éstas que se torna irrefutablemente como algo propio de la naturaleza del ser humano. Esto en términos actuales se traduce en el declive de un largo proceso de precarización del trabajo —al mismo tiempo que la propia precariedad social va alcanzando su máximo apogeo— que, tras el análisis genealógico de la vinculación de este con la inclusión social, se traduce en la precarización de las necesidades vitales intrínsecas al ser humano.

Hoy en día, las políticas de activación— inserción, integración, inclusión, …— de colectivos social y políticamente excluidos no se dirigen a reintroducirlos en una sociedad del bien común, ni siquiera a satisfacer las necesidades más básicas, sino hacia la creación de aquellas que haga falta para que la rueda del trabajo —cual hámster feliz en su rueda— no deje de girar. Para lo que es preciso nombrar de forma que dote de significado a aquellos sujetos que se encuentren al margen del sistema mercantilizador del trabajo —siempre por razones de escasez de recursos económicos, claro— y que permanezcan el menor tiempo posible fuera, al menos mientras se encuentren recibiendo alguna prestación por ello. Por tanto, actualmente la lógica de estas políticas no la encontramos en que estos sujetos sean incluidos o no en la sociedad del común sino en la transferencia de responsabilidades, es decir, una vez el sujeto salga del espectro creado de responsabilidad colectiva al de responsabilidad individual —el gorrón pobre que consume recursos colectivos sin aportar sus servicios a las lógicas de producción—, el trabajo o no trabajo de éste ya no supondrá inconveniente alguno.

Keynes pronosticaba que en el año 2030 el crecimiento en el mundo desarrollado, la automatización y robotización de trabajos y la cobertura de necesidades para “llevar una buena vida”, reducirían la jornada de trabajo a 15 horas semanales. A poco más de una década para llegar a la fecha precisada, podemos afirmar que parece prácticamente imposible que el pronóstico se cumpla, al menos si las políticas continúan encaminadas —como señalan varios autores— al sostenimiento de un sistema social que distribuye los recursos disponibles de forma desigual en base a la jerarquía social impuesta y que, además trata de garantizar la expansión del trabajo a través de la creación de nuevas necesidades.

El trabajo no deseado es algo que, en general, las personas sólo aceptamos porque se identifica como el instrumento que nos aporta seguridad, estabilidad, obtención de rentas mínimas que cubran necesidades e inclusión social. Si el trabajo es cada vez más escaso y el desarrollo nos lleva hacia sociedades de sujetos que no garantizan un mínimo de trabajo para todos sus miembros, éste no puede —nunca debería— ser el elemento central de la vida de las personas. Es preciso repensar nuestra sociedad de un modo más ambicioso, más allá del trabajo como medio de supervivencia vital e identificación social, que la reivindicación de unas condiciones aceptables para el trabajo no se contraponga ni se supedite al derecho del no trabajo de las personas. Debemos buscar nuevas fórmulas de redistribución de los recursos y abandonar un paradigma del empleocentrismo que se dirige hacia la devastación de actividades —y posibilidades— históricamente excluidas y por las que tanto empeño se ha puesto en negar como válidas.

 

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